Participar en el Encuentro de Humanismo Integral, organizado por la Universidad Sergio Arboleda el pasado 30 de mayo, fue una experiencia profundamente transformadora. Este espacio de diálogo y reflexión, centrado en la encíclica Fratelli Tutti del Papa Francisco, nos confrontó con una realidad marcada por la fragmentación social, el individualismo y la indiferencia. La encíclica no es solo un llamado a la fraternidad como ideal, sino una invitación concreta a redescubrir al otro como hermano, a trascender las barreras del egoísmo y a comprometernos con una cultura que valore la dignidad humana por encima de cualquier interés.
Desde mi rol como miembro del comité de asistencia, no solo pude colaborar con la logística y el desarrollo del evento, sino también experimentar de manera directa lo que significa construir comunidad desde el servicio. Estar atento a las necesidades de los demás, crear un ambiente acogedor, facilitar el encuentro entre personas: todo esto cobró un nuevo sentido al recordar que la fraternidad no se proclama, se vive. Fratelli Tutti nos recuerda que cada pequeño acto de cuidado, cada gesto de cercanía, contribuye a una red de humanidad que puede transformar incluso las estructuras más frías de nuestra sociedad.
Este encuentro no solo me dejó conocimientos teóricos, sino un compromiso interior. Comprendí que vivir la fraternidad no es tarea de un día ni responsabilidad exclusiva de los líderes sociales o religiosos, sino una opción de vida que se construye desde nuestras acciones cotidianas. La amistad social, como la propone el Papa Francisco, implica asumir el riesgo de amar en un mundo que muchas veces responde con indiferencia. Pero también nos asegura que solo a través de ese amor gratuito y comprometido podemos empezar a sanar las heridas de nuestro tiempo y construir una paz duradera, desde el aula, desde la universidad, y desde el corazón.

